
A D. Rafael Castejón Díaz.
Jamás pensé, que alguien cómo yo, pudiera ser tan útil, e inútil a la vez. Gozar de un privilegio tal, que jamás me rondó siquiera una vez por la cabeza.
Fué así, que una tarde rozando todos los Santos, me concedieron ese deseo. Estar frente a Él. No sabía muy bien cómo reaccionar en un principio, puesto que su cercanía me impresionó de tal manera, que me quedé petrificado ante su imagen. Pasados esos instantes dulces y cálidos, comenzó el señalado rito: Primero, tus potencias. Luego una manga, y tras unos instantes, la otra. Sobre mis pies, iban cayendo oraciones, ruegos y gracias, que quedaron enredados en los pliegues de aquella túnica.
Mi primera impresión al verte así, fue pensar en las siglas que coronan tus divinos atributos: JHS (Jesús Hombre y Salvador). Porque, en efecto, así fué: un hombre y un salvador. Alguien, que vi tan desvalido cómo tantas y tantas personas que nos cruzamos por la calle, tu vecino, gente afectada por la dichosa crisis...
Me hubiera abrazado a Tí, cómo aquel chiquillo faldero que se aferraba a las piernas de su madre, pero, eso no podía ser...
Con la experta habilidad y mzestría que dan los años, Antonio te envolvía en siete revueltas de dorado esparto- una por cada dolor de Madre, y de tantas y tantas otras que a diario te visitan-, En ese preciso momento, mis ojos se cruzaron con tu mirada que rebosaba amor y dulzura para todos los que allí estábamos.
Nuevamente revestido, sus potencias a su lugar de origen, cíngulo a la cintura, y tu cruz al hombro, sólo podía decir: gracias. Gracias a Tí y a todos los que me brindaron compartir unos momentos que no olvidaré nunca... A Antonio y a Manolo, cabeza y manos de la hermandad, a Juanma por su ayuda, y cómo no, a Carmen, y a sus hijos Luis y Fernando, sin los cuales, estos dulces instantes jamás hubieran podido suceder.
